Martes, 03 de agosto de 2010

Se cuenta que existi? una vez en la ciudad de Durango una familia cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, eran originarios de Topia, poblaci?n minera que se encuentra enclavada en el coraz?n de la sierra de Durango. El se hab?a dedicado a la miner?a, ella prototipo de la mujer hogare?a, la vida hab?a pasado dando atenci?n a Beatriz ?nica hija del matrimonio.

Beatriz era una hermosa chiquilla de piel blanca, ligeramente tostada por el sol de la sierra, cabello rubio y largo, ojos azules, boca peque?a con labios finos y rojos, robusta y de estatura alta bien proporcionada. Como era la ?nica hija de la familia y los padres ten?an con que hacerlo, pensaron en darle una buena educaci?n. Movidos por ese imperativo, la familia se traslado a la ciudad de Durango, estableci?ndose en una casa de la calle de la pendiente que estaba muy cerca de el templo de la catedral donde hab?a de inmortalizarse para siempre Beatriz, en la leyenda de la monja de luna de la catedral de Durango.

Era la d?cada de los a?os cincuentas del siglo XIX cuando la chica determino ingresar a un convento de religiosas. Sus padres que la amaban tanto, aprobaron de inmediato la idea, considerando que preferir?an verla casada con cristo que con un mortal cualquiera.

Beatriz se fue al convento, su padre, adem?s de pagar una fuerte cantidad de dinero por la dote correspondiente, su fortuna la dono al monasterio a donde hab?a ingresado su hija.

Eran aquellos a?os turbulentos de las luchas entre liberales y conservadores, Ju?rez en desesperado esfuerzo por liberar a su pueblo de la opresi?n de conciencias, promulgo las leyes de reforma y se reformo la constituci?n. El clero al sentir sus intereses afectados; cerro algunos conventos o instituciones de car?cter religioso, entre ellos el convento en donde se encontraba Beatriz. La monja regreso a su casa encontr?ndose con la desagradable sorpresa de que su madre hab?a muerto y su padre se encontraba muy enfermo.

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A Beatriz al retirarla no le regresaron ni la dote, ni la fortuna que su padre hab?a donado cuando su ingreso. Las reservas econ?micas de la familia se hab?an agotado y la situaci?n era dif?cil. El tiempo pasaba y no hab?a dinero ni donde conseguirlo, las fuentes de trabajo estaban cerradas, acababa de pasar la guerra de reforma y ya se estaba en plena intervenci?n francesa.

El viejo muri? y tuvo que hipotecar la casa para enterrarlo poniendo en riesgo su ?nico patrimonio donde podr?a vivir mientras se abr?a el convento. Beatriz se quedo envuelta en terrible soledad, protegida por su fe y sostenida con la esperanza de volver pronto a su vida monacal. En su casa toda ocupaci?n consist?a en salir en la ma?ana a la misa, en la tarde al rosario a la iglesia mas cercana que era la catedral. Durante el d?a aseaba la casa y entre el rezo y rezo atend?a su industria artesanal hogare?a que consist?a en tejer y bordar pa?os para la iglesia, actividad por la que el cura le obsequiaba unas cuantas monedas y le daba su apret?n de manos.

Mientras la vida de esta mujer se deslizaba en perzosa rutina, las tropas francesas del imperio, mandadas por el general L?Heriller entraba en Durango sin resistencia,

siendo objeto de caluroso recibimiento por la burgues?a y el clero. Se recibi? a los franceses con la lluvia de flores, los intelectuales les compusieron versos, el comercio les ofrec?a banquetes, el clero misas y Te-Deum; y la sociedad arist?crata les brindo su casa a los jefes y oficiales imperialistas extranjeros; quienes en su mayor?a eran j?venes apuestos y sobre todo, con monedas de oro en los bolsillos, sustra?das de la antigua hacienda mexicana. Estos cortejaban a las damas duranguenses, ellas en correspondencia se dejaban querer.

A los varones, principalmente j?venes de la ciudad, nunca les cay? bien lo que ve?an. Odiaban a los franceses por ser invasores. Si la ciudad no hab?a puesto resistencia a su llegada no fue por falta de valor y conciencia nacional de los hombres del pueblo, si no por falta de recursos para organizar la defensa, por una parte; por la otra, el hecho de ser franceses, los hizo sentirse facultados para atropellar a los civiles y disfrutar a la mujer que les agradaba. Este odio daba a los mexicanos raz?n para asesinar a un franc?s cuando se daba la oportunidad.

As? sucedi? que una noche oscura y lluviosa del mes de agosto de 1866 se encontraban en la calle un joven mexicano que trataba de entrevistarse con su novia y un joven oficial franc?s de nombre Fernando que intentaba cortejar a la misma dama. No hubo dialogo entre ellos, el duranguense, pu?al en mano se lanzo contra el intruso; le asesto dos o tres pu?aladas, Fernando al sentirse herido huyo. El mexicano en su af?n de aniquilarlo trato de darle alcance, tropez? y callo al piso, el escurridizo militar dio vuelta a la esquina y avanzo en su huida. Consciente el extranjero de que si lo alcanzaba su rival no lo dejaba vivo, toco en la primera puerta que se encontr?; era la casa de Beatriz. La muchacha al o?r los toques fuertes y desesperados intuyo que su auxilio era de vida o muerte. Abri? la puerta, el franc?s mal herido entro y callo sangrante y desmayado en el suelo del zagu?n. La monja cerro, violentamente puso el aldab?n y se quedo perpleja; no pens? ni hablo nada, durante unos minutos se quedo parada, contemplando al moribundo sin hallar que hacer. Por fin se le paso el susto, le limpio la sangre de la cabeza al herido y aplico unos lienzos de agua fr?a que lo hicieron volver en si. Cuando se paro a ella lo cautivo por lo arrogante, a el, ella lo cautivo por lo bella y lo delicada. Luego que el militar tomo unos sorbos de agua fresca, Beatriz abri? la puerta del zagu?n y le pidi? que

abandonara la casa de inmediato. Fernando le suplico que le permitiera pasar esa noche all? para salvar su vida, la monja se asusto y le neg? el refugio. El franc?s ante la alternativa de la vida y la muerte, cerro la puerta con brusquedad y sacando un espad?n que no pudo utilizar en el encuentro fatal, se lo puso en el pecho dici?ndole: si haces esc?ndalo ye ?te mato? la monja prefiri? callar y esperar el resultado de las cosas. Despues de un buen rato de silencio entre los dos, el le platico todo y le imploro su ayuda; le entrego un buen pu?o de monedas de oro, que indudablemente contribuyeron al convencimiento de la monja. Por fin, Fernando se quedo escondido en casa de Beatriz. Ella lo curo y lo atendi? con esmero. Los dos eran j?venes, mas o menos de la misma edad, bien parecidos. Se enamoraron profundamente uno del otro y sintiendo Beatriz que hab?a encontrado a ?l hombre de su vida, se entrego en cuerpo y alma a ?l; los dos vivieron momentos de excelsa felicidad, de esos que son escasos en el vivir de los seres humanos pero que, cuando se presentan deben vivirse con plenitud. En ese mundo secreto de feliz compa??a el militar perdi? el pulso de devenir en la politica de?

M?xico por que no sal?a de la casa, ni conversaba con nadie. Ella que era la que se comunicaba con el exterior, no entend?a de esas cosas ni recib?a informaci?n porque su c?rculo de relaciones era ajeno a la vida militar y pol?tica del estado. Las cosas cambiaron, napole?n ordeno el retiro de las fuerzas francesas del suelo mexicano; el ej?rcito franc?s sin saber Fernando, abandono la ciudad de Durango y se aprestaba el ej?rcito liberal a la ocupaci?n de la plaza. Al conocer esto el militar del relato, intuyo que sus d?as estaban contados, advirti? que no pod?a estar oculto toda la vida; tarde o temprano seria descubierto y terminar?a en el pared?n. Era urgente salir de Durango, tenia que dejar a Beatriz; se revisti? de valor y dio a conocer la decisi?n a su amada. Beatriz se resisti? en principio, el la convenci? ofreci?ndole volver pronto, tan bueno como las cosas cambiaran. Ya no hab?a franceses en la ciudad de Durango, solo Fernando porque estaba escondido. La monja le consigui? un caballo ensillado, le presto bastimento y una noche del mes de noviembre de 1866, el oficial franc?s salio sigilosamente de la ciudad; Beatriz lo encamino hasta la salida donde terminaba el barrio de Analco, camino al puerto de Mazatl?n. La despedida fue dolorosa como son todas las despedidas de dos seres que se quieren. Las lagrimas de la pareja, humedecieron aquella noche novembrina, se apretaron fuertemente en un abrazo desesperado, se dieron un beso

prolongado; ella se quito una medalla de oro que llevaba colgada en su pecho y colg?ndosela a el le dijo: ?Para que te cuide?. Fernando monto en su corcel y se perdi? en la lejan?a y el silencio de la noche.

La noche estaba estrellada como son las noches durangue?as en esa ?poca del a?o; hacia fri?, el ambiente ol?a a pasto fri?, hab?a silencio, en la lejan?a se escuchaba el canto de los gallos y las campanas de la catedral sonaban las tres de la ma?ana. Beatriz levanto los ojos al cielo, or? en silencio y con voz casi apagada dec?a: ?tiene que volver se?or, tu me lo vas a traer?; mientras que con paso lento atravesaba las calles de Analco y tierra blanca y se dirig?a a su casa.

Por otra parte, Fernando no conoc?a el camino que lo podr?a conducir al puerto de Mazatl?n, para unirse con sus compa?eros y despu?s, ya con otro car?cter volver?a a buscar a Beatriz. Los conocimientos que tenia del estado de Durango y sus comunicaciones eran m?nimos, solamente los que sus superiores le hab?an transmitido con motivo de operaciones de la guerra. Cuando se alejo de su amada y se sinti? solo ante aquel esplendido panorama nocturno, contemplo las estrellas y lloro a torrentes. Se sinti? el hombre mas desgraciado de la tierra, sin patria, sin familia, sin dinero, sin conocimiento del terreno, sin compa?eros y con el tremendo

estigma de llevar el uniforme de un ej?rcito invasor que se bat?a en retirada.

Sinti? que su vida estaba contada en horas y se arrepinti? terriblemente de no haberse quedado con Beatriz a vivir en un encierro sin l?mites. Hasta ese momento se puso a considerar los riegos que consideraba aquel viaje, que comparados con los riesgos que le tra?a vivir al lado de su amada, opto por su regreso. Miro el horizonte y el crep?sculo rosado del amanecer anunciaba el advenimiento de un nuevo d?a. La fuerza del amor hab?a triunfado, peso en el gozo que le iba dar a ver a Beatriz verso esa misma ma?ana.

As? torci? la rienda a su caballo para emprender el camino de regreso, en el preciso momento que la avanzada de una guerrilla juarista que tenia su cuartel en la vieja hacienda de Tapias muy cerca de la capital de la entidad le marcaba ?el quien vive?. Fernando al conocer de los rigores de la guerra y sabedor de la pol?tica del presidente Ju?rez, ni siquiera pens? su decisi?n. Le prendi? las espuelas al caballo,

le dio un cuartazo con energ?a y salio disparado como un rayo por donde hab?a venido. No avanzo mucho, una descarga de fusilar?a rompi? el silencio de aquella madrugada y el cuerpo de Fernando rod? sin vida por el suelo. El caballo se fue con todo y silla, uno de los guerrilleros lo alcanzo y en su velos carrera con su reata de lazar le echo un cuello, enredo cabeza de silla y lo detuvo, tray?ndolo ante el jefe de la guerrilla.

Despu?s de revisarlo de todo a todo y registrar los bolsillos del muerto, tratando de encontrar alg?n mensaje secreto, no encontraron identificaci?n alguna, en un morral de cuero solo hab?a un guaje con agua, unas gordas que en su interior conten?an frijoles molidos enchilados, un poco de pinole y unos panecillos de harina de trigo, estaban envueltos en una servilleta bordada con hilaza de colores adornada con un deshilado y unas puntas de tejido a mano. Aquel soldado no tra?a nada de importancia, ni siquiera fusil, solo colgaba en su pecho una medalla de oro con la imagen de la Pur?sima concepci?n y un nombre grabado por el dorso que dec?a: Beatriz.

Atravesaron el cuerpo de aquel hombre sobre la silla del caballo en que venia?

montado y se lo llevaron estirando hasta la hacienda. Extendieron al difunto sobre el piso del portal de la casa grande donde viv?a don Antonio, el jefe de la guerrilla. El sol sal?a en las colinas de enfrente, un viento helado soplaba del norte; la noticia de la muerte se extendi? como reguero de p?lvora, la casa se lleno de mirones; una vieja observadora dijo despu?s de examinarlo: miren y ten?a barba partida; era muy joven. Otra agrego: era muy alto. All? permaneci? el cad?ver tirado, no le pusieron velas ni nadie lo lloraba, a la altura del medio d?a, se le dio cristiana sepultura. Al cementerio lo llevaron atravesado en su caballo y al sepelio solamente asistieron dos personas soldados de la guerrilla, uno llevaba un talacho y una pala sobre el hombro. El otro cabresteaba el caballo que servia de ata?d y de carroza f?nebre. Al llegar al pante?n cavaron una fosa y all? arrojaron el cad?ver de Fernando como cayo. As? terminaba en amor de Beatriz, el hombre de su sue?o y de su vida que la hab?a hecho tan feliz un corto tiempo. Beatriz no supo nada de esto, tal vez si lo sabe se muere de angustia o se clava un pu?al en el coraz?n. Ella viv?a porque era de Fernando y se conservaba para el; consideraba que el regreso de su amado era cuesti?n de d?as, o cuando mucho de meses. En su casa, volvi? a la vida de soledad y rutina; ir a misa en la ma?ana, al rosario en la tarde y bordar y tejer para confeccionar los pa?os sagrados de la

iglesia. No dorm?a, gran parte de la noche se la pasaba en vela, orando de rodillas ante el retrato antropomorfo del trazador de destinos humanos.

En el convento hab?a aprendido que la fe debe de ser siempre constante, que hay que sufrir para merecer, y que un milagro no se realiza nada mas porque se pide; para que se haga a que atravesar la barrera del infinito y llegar a dios y se llega a el solamente cuando se habla con el coraz?n. Por todo esto, ella esperaba el milagro a largo plazo y aun as?, hacia lo imposible por merecerlo. Siempre ten?a de d?a y de noche una l?mpara de aceite encendida a la imagen de su devoci?n.

La castigaba el saber que ya era madre, que en su vientre lat?a una vida, producto de su amor con Fernando; que la hipoteca de la casa, que hab?a hecho cuando tuvo que enterrar a su padre estaba por vencerse y no tenia dinero; que si habr?an de nuevo el convento no podr?a regresar; que qu? dir?a el se?or cura si se daba cuenta de su pecado; que donde iba a vivir si le quitaban la casa, que si nac?a su hijo sin padre, a ?l y a ella la sociedad de la religi?n los iba a condenar; que si Fernando no venia ella se mor?a de pena. Esas y muchas otras reflexiones hacia Beatriz, todos los d?as y todas las noches; al fin, el desgaste de energ?a por el llanto y la preocupaci?n, eran mas grandes que el insomnio y terminaba por dormirse. Las campanadas de misa de las cinco la despertaban, se santiguaba y empezaba a pensar en Fernando y en su situaci?n para concluir con la espera de un milagro, que era lo ?nico que la pod?a salvar.

As? paso un mes y as? pasaron tres meses sin tener noticias de su amado, la confortaba la idea de que el no le escrib?a porque estaba pr?ximo si regreso; el milagro estaba por realizarse de un momento a otro, en una noche de luna llegar?a el oficial franc?s por el occidente. Tanto era su fe la idea del regreso de Fernando se convirti? en obsesi?n y todos los d?as de plenilunio, cuando Beatriz iba al rosario de la tarde, se escond?a tras un confesionario de la catedral, para luego que cerraban la puerta, subir?a por la escalera del caracol al campanario; porque lo alto de la torre le permit?a dominar mayor distancia y visibilidad en el horizonte, para completar la inmensidad hacia el occidente por donde tenia que aparecer su amado. Todos los d?as, todas las tardes y todas las noches, Beatriz trepaba a lo alto de la torre izquierda de la catedral, a hurgar en el horizonte esperando el retorno de Fernando; por fin, cuando el ni?o de Beatriz estaba por nacer, una ma?ana del mes de abril, a las primera luces del alba, cuando el sacrist?n del templo habr?a la puerta mayor de la iglesia, vio tirado sobre el atrio enlozado de la catedral, el cuerpo de una mujer que con los brazos abiertos sobre el suelo, yac?a muerta. Estampada en el piso al desplomarse de lo alto de la torre de donde contemplaba el horizonte.

Nunca se supo si fue suicidio por la desesperaci?n y el desenga?o porque el milagro no se realizaba, porque la plegaria de aquella noche de noviembre se perdi? en el infinito del cielo estrellado y no llego a su destino, porque los ruegos y las oraciones de todos los d?as, no fueron escuchados en represalia, porque la monja rompi? el voto de castidad. No se supo tampoco si fue un accidente producto del agotamiento y el desvelo el que ocasiono el desplome. La realidad, que Beatriz muri? por la ca?da de mas de treinta metros de altura, cuando a su higo le faltaban unos d?as para nacer y que desde entonces, todas las noches de plenilunio se ve la silueta de una monja vestida de blanco en el campanario de la torre izquierda de la catedral de Durango, de rodillas contemplando el occidente implorando por el retorno de su amado.

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Publicado por Malintze @ 13:09  | Mitos Leyendas
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